lunes, marzo 24, 2008

POR LA TAPA DE LA BARRIGA

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Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca, investigador de la Universidad Central, catedrático en pre y postgrado, profesor invitado a varias universidades del mundo y miembro de la Real Academia de la Lengua y de la Historia, nadie en el mundo podía negar que Nepomuceno Garrido era un hombre serio. Muchos, incluso, lo consideraban un genio.

Gustaba el distinguido doctor de la concentración del estudio, del silencio umbrío de las bibliotecas y los libros, y de las meditaciones sesudas de jardín universitario. Abominaba, claro está, el caos urbano y las banalidades de la masa… No obstante, la pasada Semana Santa, no pudo evitar encontrarse en medio del barullo y de la congestión visual de una isla tropical.

¿Cómo llegó nuestro doctor al mar? Pues muy sencillo: A pesar de sus esfuerzos por ignorarla, nuestro Nepomuceno tenía familia.

Su hermana mayor, a la que tenía años sin ver, llegó unos días antes de Semana Santa a la capital. Destacada bióloga, vivía en Alemania desde hacía quince años y no había vuelto al país desde hacía diez. Esta hermana, aunque toda una eminencia en su campo, era menos dada al encierro. ¡Pero claro, era bióloga! Así que apenas llegó, le informó a Nepomuceno que no podía pasar sin ir a la playa. De hecho, ya había reservado posada por los lados de Morrocoy y, ¡sorpresa!, él estaba invitado.

-No puedes negarte, hermanito. Ya pagué todos los gastos de hospedaje y comida.

El doctor, que atesoraba con celo cada centavo que ganaba, aceptó la invitación, pero sólo para no ver perdido el dinero de su hermana, y nada más.


***


Dos días más tarde, Nepomuceno Garrido pisaba las blancas arenas de Cayo Sombrero.

Iba con sus largos bermudas, sus zapatos Sebago de los ochenta, sus medias largas, su gorro Barbour y su arremangada camisa a rayas. Se sabía ridículo, ajeno, pero no le importaba; su rango y su altura justificaban la facha. Peor hubiera sido que algún colega o alumno lo viera en tangas, o con una franela pegada que evidenciara su enorme panza… Ah, porque ha llegado el momento de decirlo: el doctor era muy alto, de rostro enjuto y de piernas y brazos delgados, pero llevaba sobre su abdomen una barriga descomunal. A pesar de que no bebía alcohol y se alimentaba frugalmente, tenía aquella panza que le avergonzaba y que no se disminuía con ninguna dieta. Quizás tantas horas sedentarias entre libros, le habían hecho salir tal prominencia. Quién sabe. Lo cierto es que para él, esa barriga era como otro ser, como un familiar vergonzoso a quien ocultaba bajo anchas camisas y su chaqueta tweed a cuadros y con grandes bolsillos comprada en Londres hacía un montón de años.

Apenas llegó se instaló debajo de una sombrilla, sobre una silla playera, y se dedicó a leer un grueso libro de semiótica traído para la ocasión. Su hermana, el marido de su hermana y sus dos sobrinas se hallaban echados sobre sus respectivas toallas, cual peces que disfrutan de una muerte soleada. Viéndolos, Nepomuceno pensó que había logrado sortear sin inconvenientes aquella descabellada aventura familiar. Ya estaba decidido: él se quedaría allí, a la sombra, concentrado en su libro, y no se movería sino hasta el momento del regreso.

Las cosas marcharon de maravilla hasta que Nepomuceno vio pasar un hilo dental.

Luchó, acudió a todos sus años de inmaculada decencia, pero no lo pudo evitar: el doctor se incorporó, salió de debajo de la sombrilla y se plantó sobre la playa cuan largo era.

Nervioso, aún batallando, comenzó a decir:

-Querida y dilecta hermana, he llegado a la ineluctable conclusión de que lo que Umberto Eco plantea es su último libro una absoluta falacia y es un galimatías que...

Algo pasó entonces con sus manos; digamos que éstas tomaron vida propia en el instante en que salieron disparadas, sujetaron los bordes inferiores de la camisa y la alzaron, dejando al descubierto la barriga…

El doctor se quedó mudo, lo cual era una vergüenza para él, semiólogo gigante que sabía analizar cada una de las manifestaciones de la realidad a través del lenguaje de los signos… Pero, ¿cómo podía él interpretar, analizar, contextualizar, imbricar, deducir, inducir, exponer o argumentar… aquella diminuta tela que la gente llamaba hilo dental?

-¡Coño, mano, qué ricura! -escuchó que decía una voz gangosa y fuerte, y de inmediato el doctor se tapó la panza con la camisa. Pero, al ver pasar el segundo hilo dental, sus manos volvieron a levantar la camisa.

-¡Coño, hermano, esta vaina es increíble!

Nepomuceno bajó la mirada hacia el lugar donde provenía la voz de verdulero.

-¡Quien inventó el hilo dental es un genio, mi pana!

Lo que estaba ocurriendo era al mismo tiempo fascinante y terrible.

-¡Y más genio fue el que convenció a las mujeres para usar esa vaina!

La voz, aquella voz de político borracho, de vendedor de frascos de “vuelve a la vida” y otros menjurjes, provenía nada más ni nada menos que de su ombligo. Su ombligo que se abría y se cerraba y se movía como una boca que decía cosas bochornosas:

-¡Coño, mami, tú sí que estás sabrosa!

Nepomuceno Garrido miró a los lados. Su hermana, su cuñado y sus dos sobrinas lo miraban entre horrorizados y divertidos. Menos mal que todas las interpeladas, acostumbradas a los soeces piropos de playa, habían seguido su camino.

El ombligo, o más bien la panza, no paraba en su empeño arrabalero:

-¡Muchacha, rolo e´tetas! ¡Vergación, qué cucón! ¡Roloebojote, mija! ¡Esa vaina debe morder! ¡Y bien duro!

Desesperado, nuestro estimado doctor salió corriendo. Por supuesto, a medida que encontraba nuevas visiones carnales y tentadoras, su barriga decía:

-¡Pero mira eso, papá! ¡Qué cosa tan rica! ¡Upa, sabrosura! ¡Uf, qué culote! ¡Hasta la celulitis se te ve sabrosa, mami! ¡Mi cochita rica, véngase pacá!...

Nepomuceno dejó de correr. Confundido y rodeado por todo aquel muestrario de cuerpos magníficos, comenzó a dar vueltas, a girar sobre un mismo eje. Había comprendido que no tenía para dónde huir, que no había manera de luchar contra eso. Estaba perdido, su panza lo había derrotado. Entonces tuvo una revelación suprema: Lo mejor, realmente lo mejor, era unirse al enemigo.

Nepomuceno Garrido dejó de dar vueltas y, echando el cuerpo hacia delante, permitió que su barriga siguiera diciendo cuanta barbaridad se le ocurría.

Así, feliz por fin con su barriga parlanchina y morbosa, el doctor Nepomuceno Garrido fue a buscar una cerveza. O por varias.



***



Tres días después, el doctor entró a su cátedra de post grado. Serio, circunspecto como siempre, dejó el maletín sobre la mesa y, por primera vez en años, se quitó el blazer de tweed y lo puso sobre el respaldar de la silla. Acto seguido se plantó ante sus alumnos y se quitó los anteojos. Su bronceado era más que evidente.

-Sí, estuve en la playa. ¿Qué les parece?

Entonces se sacó los bordes de la camisa fuera del pantalón y alzó la tela sobre su panza. Estaba feliz, demasiado feliz con lo que estaba a punto de hacer. Iba a dejar que su barriga se regocijara con sus alumnas, que dijera lo que él, ínclito doctor, no había podido decirle a éstas y a todas las alumnas que había tenido en sus treinta años de carrera docente. Alzó la frente, cerró los ojos y tomó aire…

Estaba listo, listo para su liberación final…

Pero pasaron unos segundos, y nada, su panza no habló.

Nepomuceno la miró y le dijo en voz baja:

-Dale pues, habla.

Otros segundos más, y nada.

El doctor, avergonzado, se tapó la barriga con la camisa y, luego de acomodarla dentro de su pantalón, comenzó a dar la clase. Así, sin mayores explicaciones.

Mientras repetía la sempiterna exposición catedrática, Nepomuceno Garrido comprendió que su barriga y él eran uno solo, y que una cosa era la playa y otra el salón de clases. Así de simple.

Los alumnos, por su parte, asumieron el hecho como una extravagancia del insigne doctor. Nunca le habían conocido ninguna, en verdad. Para ser un hombre de tal talla y genio, hasta resultaba sospechoso que no la hubiera tenido. Pero ahora, por fin, tenía una, y era perdonable, justificable, normal y hasta meritorio. Esto es todo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

nepomuceno garrido, ex ministro del trabajo durante Caldera II...

hice varios sketches sobre esa joya...

viejo zángano y sobón...

a mas de una funcionaria tenía a monte...

lo sé lo sé!!!
que se atreva a desmentirme, si es que acaso no s ha muerto ya...

por cierto, Nepo como le decían por cariño...al revés es Open...

un abrazo bro

www.joaquinortegascripts.blogspot.com

Richard dijo...

Disculpa la pregunta off-topic Fedosy, pero: ¿Piedras Lunares ya está en las librerias?

Fedosy Santaella dijo...

Estimado:

Aún no. Ya avisaré en el blog cuando lo esté. Es "pronto", pero vaya a saber usted que tan "pronto" es ese "pronto".

Salud

Siki dijo...

Fedosy, ¿cómo estás?
Una pregunta: ¿seguirás dando el taller en Santa Palabra para el período 2008 - 2009?
Un abrazo,
Siki.

Fedosy Santaella dijo...

Querida Siki:

No sé responderte a esto. Imagino que volveremos a abrir el taller en junio. Pero no estoy seguro. De todos modos, cualquier cosa te aviso. Gracias por preguntar.

Sikiú dijo...

Gracias Fedosy!! Me has alegrado la tarde! Espero con ansias locas poder entrar a tus clases. Estaré atenta.
Un besote inmenso y además, cálido y suficiente para este día lluvioso y de cola en nuestra ciudad.
Siki.