En la calma tensa y bajo un cielo atroz contaminado de pólvora y emanaciones de muerte, fumábamos pegados contra los sacos y los parapetos ruinosos que servían de barricadas. Negados de realidad en aquella Estalingrado devastada, nos contábamos nuestras historias, hablábamos de nuestras mujeres, de lo que fuimos en la paz, de lo que queríamos ser después de la guerra, del placebo del futuro. Después, llegada la batalla, nos arrojábamos en parejas al campo. Los delanteros portábamos un arma, los otros le seguíamos con las manos vacías e implorantes. Si en el camino, los desarmados encontrábamos un fusil o un revólver junto a un colegionario caído, debíamos hacernos del armamento y seguir. En caso de no encontrar ninguno, sólo nos quedaba aguardar la baja de quien nos precedía.
Eso sí, desarmados o no, debíamos avanzar a paso firme hacia las barricadas de aquel enemigo mecánico que aguardaba pleno de la mejor artillería. Se trataba de un acto terrible y del todo irracional, pero así es la guerra. La guerra es delirio y valentía, forja héroes y decanta cobardes.
Ante el más sanguinario de los enemigos, la traición era intolerable. La traición de uno es el oprobio de todos. Porque la guerra es colectiva, porque se debe contar en plural, porque cada soldado es todos los soldados. En el campo, en las barricadas, en las tiendas de campaña, en las tumbas. El patriota que, lleno de gloria, corría hacia el enemigo, éramos todos. Era yo, que estuve en mi puesto, pero que también trajiné el campo en las botas y en el pecho del otro, con fusil en ristre o con las manos desamparadas, impelido por el instinto ancestral que nos convierte en guerreros, en cazadores, en grandes hombres que fundan civilizaciones y patrias. Yo, que fui destinado a una tarea difícil y precisa, y que cumplí con mi deber sin darle tregua al miedo y a la duda.
Ahora soy un héroe. Un héroe de guerra que llevó a cabo la más alta de las misiones: erradicar la alimaña del ultraje.
Desde nuestra barricada, desde nuestro ojo infalible y nuestro dedo en el gatillo, debíamos acabar con la deshonrosa existencia de aquel que, atacado por una repentina lucidez, corría de vuelta a nuestras filas.
Jamás tuvo cabida la culpa, jamás el arrepentimiento. Y es que nunca supimos si estábamos compartiendo el cigarrillo con un traidor; nunca, hasta que lo veíamos corriendo hacia a nosotros con la cara desecha y estúpida, huyendo del enemigo.
(De Postales sub sole)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada