Cuando Killer Santaella se monta solo en el carro, pone su música a todo volumen y va por la vida con los vidrios subidos y los tímpanos vibrantes. Sólo en su carro poderoso, brillante y con vidrios ahumados Killer Santaella escucha esa música que desconoce su esposa, sus hijos, el resto de sus familiares y hasta sus amigos. Él entiende que no todo el mundo gusta de esa música “infernal” y de “mal gusto”. Pero qué le vamos a hacer, Killer Santaella es así, contradictorio, y del mismo modo que lee a Amos Oz, también escucha “la música ésa”.
Esta historia comienza un día en que Killer Santaella cruzaba de un canal a otro en una avenida. Lo hacía con el derecho que tienen todos los conductores a cruzar de un canal al otro. Lejos, bastante lejos, un motorizado que venía a toda velocidad por el medio de la vía empezó a tocarle corneta. Killer Santaella, que no es santo de iglesia ni cree que el mundo siempre puede ser un lugar mejor, también tocó corneta y, una vez que tuvo al motorizado cerca, le lanzó el carro. El motorizado, enfurecido, esquivó el vehículo y se plantó enfrente, haciendo que Killer Santaella diera un frenazo. Para su sorpresa, el motorizado sacó un arma. Sin duda, no se trataba de un motorizado común. Se había tropezado quizás con un sicario, o con un policía (que es más o menos lo mismo).
Al ver que aquel individuo se bajaba de la moto, aún apuntándolo con el arma, Killer Santaella comprendió que intentaban intimidarlo por haberse atrevido a responder con violencia ante el abuso. ¿Pero qué vaina es ésa de que nadie puede cruzar de un canal a otro? ¿Quién dijo que el medio de la vía es de los motorizados? ¿Quién dijo que ellos pueden andar por ahí a toda velocidad sin frenar, sin ceder paso, sin conceder un ápice del asfalto?
Killer Santaella, de los más tranquilo dentro de su carro, colocó el dedo en el botón que tenía una ventanita pintada, y allí estuvo dándole suaves golpes hasta que el motorizado estuvo lo bastante cerca. Entonces Killer Santaella apretó el botón, el vidrio bajó y la música que estaba apresada dentro de vehículo saltó fuera como un chaolín dispuesto a darle un golpe mortal a su contrincante. Un temblor paroxístico se apoderó del motorizado, la cara se le llenó de venas, los pelos se le chamuscaron, los esfinteres se le soltaron, los oídos, los ojos y la boca le sangraron y, finalmente, cayó al piso.
Al verlo caer, Killer Santaella hizo subir el vidrio. No quería causarle daño a los inocentes.
Puso las manos en el volante y miró a los lados. Notó que el tráfico fluía. Le echó un vistazo a la hora en su celular: se le hacía tarde. Hizo avanzar el carro. Con los dos cauchos del lado derecho, le pasó por encima a la pierna de su ex victimario. Primero uno, toc trac, luego el otro, trac toc. Con el parachoque tumbó la moto y siguió su camino hacia el almuerzo que tenía pautado con un amigo. Seguía con la música a todo dar.
Así que ya saben, la próxima vez que se les ocurra meterse con Killer Santaella, háganlo con los audífonos del Ipod puestos, no vaya a ser que él les lance aquel chaolín mortal y sonoro que usa para deshacerse de sus enemigos naturales.


3 comentarios:
Como dice Roberto Echeto, Fedosy: Duro contra los malos. Besos. ¿Reconoces mi foto? ¿Sabes quien soy? Besos again
¿Viste "Mars Attacks" de Tim Burton? Siempre me ha parecido maravilloso que al final matan a los marcianos con música country¡¡¡ La tuya es una versión western de esa película de ciencia ficción.
Me pregunto, ¿algo de autobiográfico en esta historia?
Mariuska, claro que os reconozco. Te debo el link en el blog. Lo pondré.
Arturo, qué buena referencia. Que lo que uno escribe se hermane con Burton es un honor.
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