“La banda sonora de lo que viví”, así decía el verso, y no sé si lo escribió Joaquín o Fito, pero sí que lo escuché en “La canción de los buenos borrachos”. Tampoco creo que la idea de aquel verso sea original de ellos. Me figuro que se trata de una de esas frases interesantes que andan dando vueltas por el acervo de la gente y que aún tiene el privilegio de no haberse convertido en un lugar común.
Pero lo importante aquí es el asunto de la banda sonora. Tal como dice la letra, toda vida tiene una banda sonora; son canciones, frases de películas, sentencias sabias acuñadas en un pasado mítico, el tráfico lejano que amamos, el taladro que odiamos, el retumbar de la catarata de Iguazú o el canto del araguato sobre la pirámide de Tikal; todo esto nos acompaña, está en nuestras mentes y nos conforman como seres humanos.
Esa banda sonora no nos pertenece en exclusiva; es decir, hay una parte que es sólo nuestra, y la compartimos con las personas queridas; pero hay otra que es pública, y está metida dentro de una carpeta de esas como la de LimeWire que dice “share music”. Y aquí, amigos, se me acaba la escritura bonita y que me disculpen las señoritas que buscaban suspirar con mis palabras.
Voy a la que iba. Lo que quiero decir, después de este largo preámbulo, es que la musiquita, la bendita musiquita de tu bendito celular, forma parte de esa banda sonora compartida, y por esa musiquita, querido amigo, serás recordado por el resto de tu vida. A lo mejor tú lo sabes, a lo mejor no hace falta que te lo diga. Pero por favor, si tienes oportunidad, no dejes de advertírselo a esa persona que conoces, que aprecias y que le ha puesto una musiquita horrenda a su celular, y que nos hace sufrir con ella adonde vaya.
Fíjate: el otro día estaba en un banco y delante de mí tenía a tres motorizados que, así como tenían cascos, también tenían celulares que, por supuesto, sonaron mientras hacían la cola. Durísimo, y con reguetón. Pero no con cualquier reguetón, que a Tego y a Residente Calle 13 Dios y el Diablo los tendrán en la gloria; no, se trataba de esa cosa maltrecha que hacen esos reguetoneros mediocres que se creen muy machos porque usan pistolas y cantan con dos dedos pegados. Ya me dirás tú que esa porquería de música no define a quien la porta en su teléfono móvil.
Hace algún tiempo, y para que no digan que la tengo agarrada con los motorizados, estaba en una reunión con el nuevo Gerente General de una compañía audiovisual para la que trabajaba. Aquel señor estaba diciendo que era un tipo muy creativo, que le gustaban las cosas creativas pero con buen gusto, sobre todo con buen gusto y, de pronto, sonó su celular… sonó con un horrendo merengue. Se podrán imaginar la cara de todos los que allí estábamos. ¿Creativo? ¿Con buen gusto?
Así como éstos hay cientos de “ringtones” espantosos que suenan en muchísimos celulares así como así, porque a la persona que los puso le parecen simpatiquísimos, toda una joda. Pues resulta que el individuo aquel que se cree la cumbre de la jodedera quizás no sabe que se está arriesgando a que esa tonadita pavorosa se instale en la mente de sus conocidos para siempre jamás.
Le pido a esa persona que nada más piense hacia el futuro, que imagine que dentro de diez años ya no esté por ahí para pedir disculpas, y que esa musiquita vuelva a instalarse por alguna casualidad en los oídos de aquel que la escuchó en el pasado. Pues ese gracioso identificador de llamadas que usted puso porque se creía todo un jodedor, generará remembranzas en la mente de esa persona. “Eso me recuerda a fulanito”, dirá esa persona, llevando fulanito su nombre y apellido. “¡Hay que ver qué clase de idiota era fulanito!”. Así es, eso será lo que pensarán de usted, porque aquella vergonzosa musiquita que usted ha decidido compartir con la humanidad, lo conforma, lo define, lo identifica y lo individualiza; lo mismo que su tono de voz, su manera de caminar, sus gestos, su peinado, su barriga y su gracioso peluquín.


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