jueves, diciembre 20, 2007

EL NIÑO DE LA CHARLA




Empecemos diciendo que esta historia trata sobre un niño. Este niño está en su cama, gusta de ella, de la mesita de noche, de la lamparita de la mesita de noche.

El cuarto de este niño es una burbuja con aire acondicionado, y las puertas de su clóset simulan madera pulida, muy brillante gracias a los buenos oficios de su madre, alucinada de la limpieza. En esas puertas el niño lee, adivina imágenes. Son volutas, espirales, formas inconexas que de pronto tienen sentido. Aquí y allá, a través de la visión crisol del niño, se convierten en caras, animales, historias por contar.

El niño tiene imaginación de sobra, como todos los niños. Y también tiene libros. Está leyendo uno de Edgar Allan Poe. Es un ejemplar amarillo, grande, tapa dura. En la biblioteca de su papá está el segundo tomo. ¡Qué maravilla! Dos libros de Edgar Allan Poe, y además traducidos por Cortázar; mejor todavía. Pero éste no es su primer libro. En su carpeta de lector hay más. Están La Ilíada, La Odisea -sobre todo La Odisea-, el Nuevo Tesoro de la Juventud, y esos libros juveniles con historias de Walter Scott y Julio Verne.

El niño es tímido, de eso no debe caberles duda. Es callado, monstruoso como todo niño callado. Quién sabe qué cosas pasan por su cabeza. Quién sabe dónde delimita la realidad de la fantasía.

Su abuelo le cuenta cuentos de su tierra. Es de Ucrania, un hijo ilegítimo de un capitán del ejército zarista. Este capitán se llama Damián, y es alto y fuerte a sus ochenta años; se monta en un gran caballo de un brinco y sale por las calles de sus pueblos a darles latigazos a los aldeanos. A Damián, el bisabuelo terrible, lo atraparán los comunistas, y le sacarán las uñas, lo arrastrarán en un caballo y lo colgarán de un árbol. Así como éste hay más, más cuentos de Ucrania contados por su abuelo. Cuentos que giran en la mente del niño, juntándose, amasándose, formando algo, una personalidad, un alma, un espíritu. Pero también hay imágenes, paisajes, fogonazos de aventura en la ciudad donde vive, en Puerto Cabello. Hay calles, malecones, elefantes de latón. Hay un castillo que besa el mar y un fortín que se alza en la montaña. Y hay una casa colonial grande, una biblioteca, y una playa y una isla frente a la playa. Y está su papá leyendo en un sofá. Y ya lo dije, el mar, el mar tiene algo que se apodera de los escritores. Porque este niño, aunque todavía no lo sabe, comienza a ser un cazador de historias, y algún día será escritor.

Puede que en el fondo todos los escritores sean eso: mares e islas a escasos metros de las orillas de la realidad.

El niño, todas las mañanas, espera el autobús en la esquina. Un hombre que pasa lo saluda. Un hombre de bigotes, con cara cómica, amable y buena. Un día habrá un escándalo en el cerro cerca de su casa, y el niño se asomará con sus padres en la terraza que tiene vista hacia esa parte del cerro. Descubrirán que el hombre afable se lanzó del techo de esa casita. Morirá, el hombre morirá, pero al día siguiente volverá a pasar por la esquina y saludará al niño y seguirá su rumbo. Y así, todos los días. Pero esto el niño no se lo contará a nadie. No porque no le vayan a creer, sino por ese será su secreto. Un secreto entre el niño y el hombre muerto que jamás morirá.

El niño, ya lo dijimos, no habla mucho. Lleva un mundo por dentro, y los que llevan un mundo por dentro se cuidan de hablar en exceso, no se les vaya a escapar ese mundo fenomenal por la boca, con las palabras. Hay que tener cuidado, mucho cuidado con eso, porque después uno se queda sin nada, sin poder seguir aquel famoso consejo de Rilke al joven poeta. Si quieres empezar a escribir, escribe sobre tu infancia. Ese era el consejo.

La escuela para el niño es un universo estúpido, o más bien, sin sentido. Todavía la palabra “estúpido” no la conoce; aún no se han atravesado muchos representantes de tal palabra en su camino.

No hay gran cosa que aprender allí en el colegio, pero él hace como que le importa. Le llama atención la capilla, eso sí. La capilla es silenciosa, misteriosa y acogedora. De vez en cuando, el niño comparte la capilla con una niña; Ana María se llama, aunque también se llama Kenia. Ana María es blanca y de cabello negro, y cuando se convierte en Kenia es achinada, morena y espigada. Al niño le gusta aquella niña en sus dos versiones. Con las dos mantiene un romance de niños, inocente y al mismo tiempo oscuro. Kenia se sienta a su lado en el autobús, le habla de la tierra que lleva su nombre (¿o será al revés?), y después se baja en el edificio donde hay un restaurante chino, el primero en servir papitas fritas chinas, que son distintas a todas las papitas fritas del mundo, porque tienen forma de acordeón estirado. Cuando Kenia es Ana María lo acompaña en la capilla. Un día, estudiando para la primera comunión, les pasan una ostia. Ana María le dice, pícara como siempre, que si se quiere casar con ella debe probar aquella ostia. Él entiende que la ostia es el cuerpo de Cristo y que, como tal, es algo importantísimo. Además la gente se casa de grande, eso lo sabemos todos. Así que no le convence mucho la propuesta de la niña.

Ana María es maluca y habladora; Kenia en cambio es buena, mental, telepática. Un día, algunos años después, Ana María dejará de ser Kenia, y también dejará de ser otras niñas. Entonces aparecerá Nilda. Ella será su primera novia de verdad, novia a la que se le pide el “empate”, y él la visitará cada vez que su mamá le dé dinero para ir a comprar panes canillas en la panadería. El niño dejará de querer a Nilda el día en que ella se corte el cabello cortico como un varoncito. Esas cosas pasan.

También pasará que el niño se pondrá a bailar en una fiesta de una compañerita de clases, y las niñas comenzarán a reírse, y él, creyendo que ellas ríen con él, seguirá bailando. Entonces su compañera de baile le dirá que él está matando cucarachas. Así, sin anestesia: “estás matando cucarachas”, y él sonreirá como si la cosa fuese muy graciosa, pero por dentro se sentirá herido, arrasado, acabado. Más nunca bailará, y se dedicará a odiar para siempre a todos los hombres que saben bailar, que por cierto, tienen la mitad del trabajo hecho en el asunto aquel de llevarse a una mujer a la cama. Total que la crueldad de las mujeres y dos pies izquierdos también pueden convertirte en escritor o en borracho, o en las dos cosas. Así que esto de ser escritor a veces viene de la frustración, por un lado, y de la magia, por el otro. O ese parece.

Pero nos estamos yendo lejos. Este niño todavía está en su cama, arropado hasta el cuello, y aún no tiene novia, y aún no ha matado ni a una cucaracha, ni tampoco ha escrito una sola línea.

Tiene sueño, nada más tiene sueño. Se queda dormido, y en sus sueños sale de la casa donde lo llevaron recién nacido. La casa de la calle Girardot, en Puerto Cabello. Él sale de esa casa y va caminando entre un montón de cabezas de diablos de Yare. Ese es su primer sueño, y nunca lo olvidará. Como tampoco la sombra aquella que vio en la ventana de su cuarto cuando vivía en aquella casa. Su primer sueño, y uno de sus primeros recuerdos; mucho le dio la casa de la calle Girardot. El niño, ya grande, dirá que no tiene memoria, que no recuerda su infancia, pero es mentira. El niño la recordará, la recordará inventada, como toda infancia. Y es que la infancia y la historia no son reales. Son ficción.

El niño despierta, y se viste para ir al colegio, y saluda en la esquina al hombre muerto, y después se monta en el autobús. En el colegio, lo de siempre, nada especial. Luego, en la tarde, las clases de catecismo, que tampoco son gran cosa. Y más tarde, la calle. Eso sí que es importante. La calle abierta al mundo, el malecón, la casa colonial gigante, el elefante de latón. Y los amigos, los grandes amigos. Allí hay mil letras, mil palabras, mil historias. Cuando sea grande dirá: “Les voy a ser sincero, ya yo no puedo leer como leía cuando era niño. Esa emoción, esa maravilla, la perdí. Cuando escribo, yo intento recuperar eso”. Más acertado hubiera sido decir que escribiendo también intenta recuperar la infancia, esa capacidad de maravillarse ante las cosas del mundo. Como si el mundo estuviera recién fundado, dice Álvaro Mutis al principio de La última escala del Tramp Steamer.

El tiempo pasa, y los zapatos le aprietan, y la ropa le va quedando pequeña, y entonces tienen que comprarle zapatos nuevos y ropa nueva, y cambiarlo de colegio, a uno más grande, a uno terrible. Allí hay niños fuertes, de manos pesadas como piedras, de ojos y sonrisas filosas. Y el niño, que ya no es tan niño, no entiende nada. No entiende cómo la gente puede ser tan maléfica. Ni siquiera Ana María había sido tan cruel. Y por cierto, ahora se dicen cosas de Ana María: que se porta mal, que fuma, que bebe, que en una fiesta se besó con unos muchachos. Alguien dijo que hasta se la habían cogido por el culo en esa fiesta. El niño no entiende muy bien qué quiere decir eso, mas le parece algo buenísimo y al mismo tiempo abominable. Pero a lo que vamos: el niño ahora conoce la maldad, la experimenta en carne propia. Hay pies que se atraviesan en su camino, hay burlas en sus oídos. Debe caerse a golpes, lo hacen comer polvo. Al poco tiempo comienza a leer a Stephen King. Lee un cuento que se llama A veces vuelven, donde unos jóvenes diabólicos regresan muchos años después de su muerte para atormentar a un profesor, para revolverle el pasado. Ese cuento lo llevará bajo su piel durante años. En una sesión con un psicólogo, aferrado a una almohada, aquellos espíritus malsanos –recuerdos de palizas y burlas- serán exorcizados como en aquel cuento del gran King. Pero el mal habrá dejado una herida en su alma, y del mal nadie puede librarse jamás.

Uno se miente, se miente una y mil veces. El niño, como todo ser humano, se ha mentido a sí mismo. Ya no sabe cuántas veces juró ser escritor bajo la espuma fría de una cerveza. Un escritor que no escribe, de esos que sobran, que toman cervezas, que no se bañan, que se dejan barbitas y adoptan un estilo sensual de perdedor luminoso. Así será este niño durante un tiempo. Un hijo de papá, hasta que su papá muera. Pobre del niño, pobre, ahora sin papi y con Vallejo en la mirada.

Fue difícil salir de abajo, escapar. Ponerse serio no es cualquier cosa. Nunca lo ha sido. Ser escritor es ser un monje. Ser escritor requiere sacrificio, disciplina, santidad rutinaria frente al teclado. Nadie puede ser escritor en una tasca o en un restaurante chino. Quien eso jura, se miente. Se miente y se condena. El niño tardará mucho en aprenderlo. A fuerza de coñazos, de caídas, recaídas, vómitos y fracasos -sobre todo fracasos- aprenderá, cambiará, saldrá del hueco. Porque dentro de él hay una playa, una isla, un elefante de latón, una casa colonial, y una mujer que lo amará y será la madre de su hijo. Porque aquella imagen de él acostado en su cama, arropado hasta la barbilla, leyendo un libro de Edgar Allan Poe, se le convertirá en una fuerza más poderosa que cualquier impulso de muerte.

El niño ahora está sentado en un salón, al fondo, en silencio, mirando a los adultos que miran a un hombre que está dando una charla literaria al otro extremo del salón. El niño calla y sonríe. Tiene mil años y todavía no sabe nada de nada.

-La escritura para mí es un misterio –dice el hombre que está dando la charla-. Todavía queda mucho trabajo por hacer, mucho que aprender. Apenas empiezo.
-Esta charla es una ladilla, y es cursi además –berrea alguien que está cerca.
-Me da igual –dice el niño, se pone de pie, y sale a la calle. Es de noche, hace frío. Parece diciembre; alo mejor lo es.

Un perro grande le huele el zapato. El niño se baja la bragueta y lo mea. Sigue su camino. Tiene sueño, quiere su cama, su lamparita, su libro de Edgar Allan. FIN.


(Santa Palabra, La Carnicería, 11 de diciembre)

9 comentarios:

Ophir Alviárez dijo...

Fedosy, alguna noche, una no tan niña se tropezó con el tuyo y éste la rescató de las garras de un centro comercial casi cerrado de la capital a la que se teme porque eso te dice la gente y sobre todo porque cuando se es niño y se vive en ese mundo en el que los sueños marcan más que rumbos, uno hasta se atreve y va contra los pronósticos y no importa que las rejas se cierren, las "conciencias" adviertan que no tienes nada que hacer a las 10 de la noche en la calle porque las niñas no salen solas y aún así, uno se lanza porque hay una charla y hablarán escritores y como también a veces se recrea uno en sus pensamientos, pues mi niña se tropezó con el tuyo y aún lamenta no haber espantado al primo y haber ido por esa cerveza que si bien no la hará nunca más o menos amiga de las letras, le habría permitido construir un recuerdo que ficcionado o no, aplaudiera mucho mejor de lo que ahora intento.

Salud entonces por los niños y por la capacidad ilimitada de creer que los sueños se pueden realizar.

Abrazos,

OA

Dakmar Hernández de Allueva dijo...

Qué belleza. Hay encuentros que siempre se celebran, más allá de las circunstancias.
Besos

Mil Orillas dijo...

Me hubiera ENCANTADO escuchar estoa viva voz!

Ojalá la literatura te traiga por estas tierras.

Sí.
El mar algo nos hace.
Definitivamente.

!Cómo me alegra el habernos reencontrado!

!Ve a buscar el libro, hombre!

Besos gordos muy especiales para el Joaco.

la maga dijo...

tu niño y mi niña segurito que se hubiesen hecho así de tan amigos desde chiquitos.

pachamama dijo...

Qué cosa!

Al final es verdad que la decisión de ser escritor se toma en la infancia, pero la de sentarse a escribir se toma cuando algo realmente nos estremece. A veces, desde ese minuto de la infancia hasta ese otro momento pasan siglos. En mi caso, por lo menos 30 años, porque antes fui escritora de la boca para afuera (de bares y restaurantes chinos)

Mijito, ese es el cuento de tu infancia o de la mía? Bueno, tampoco voy a exagerar, pero me reconozco en algunas cosas de ese niño.

Un beso y un abrazo!

Mil Orillas dijo...

Sé que desearte felices fiestas es redundar....

Con el Joaco ¿cómo no van a ser felices?

Que todo te salga a pedir de boca!

abrazos

Siki dijo...

Fedosy, un lunes en la noche terminé de leer tú libro Postales SubSole en un Mc Donald`s que ya ni recuerdo. Los empleados me "invitaron" a salir por lo tarde que era y yo (cuando en otro momento me hubiera parecido una descortesía) respondí:-claro, con muchísimo gusto, pasen buenas noches. Minutos después llegue a casa contenta y comencé a escribir.
Al día siguiente y en la clase de Echeto, discutimos y leímos respecto a tu obra. Al finalizar , nuestro profe quien siempre nos sorprende dijo:-he invitado a Fedosy. Estará aquí para darles una charla.
Ese día llegó, no sé si fue un martes o un jueves, pero en realidad no importa. Importa lo escuchado, lo aprendido y la buena vibra que compartiste con nosotros.
Te recuerdo sentadito, sonrojado y tímido y aún así, dabas la charla con una serenidad más que especial. Presenciar eso me pareció (y me parece) fascinante.
Una especie de milagro de estos días: hallar un sinónimo de la grandeza y el azul profundo del mar, y a la vez tanta humildad tras tus lentes, en tu mirada.
Como te dije aquel día, repito hoy: cuando crezca, quiero escribir como tú.
Gracias a ti y especiales saludos al niño, a Kenia, a Edgar y a King.
Un abrazo,
Siki.

MoonWalker dijo...

El niño y el mar? Callado y tremendo...

CresceNet dijo...

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