miércoles, mayo 30, 2007

Una concesión que se renueva solita




Era el año 1989, y el padre Jesús Gazo nos daba clases de filosofía en la UCAB. Sus cátedras eran extrañas, fascinantes, hipnóticas. Lo recuerdo claramente explicando apasionadamente desde sus ojos azules de lúcido alucinado en qué consistía el protestantismo. Tal era su impetú que me sentí tentando a cambiarme de religión por esos días. Pero este no es el asunto. El asunto era que ahí, frente a nosotros, teníamos a un jesuita hablando de la reforma como si él la hubiera llevado a cabo, como si él creyera en ella, como si su congregación jamás hubiera sido la abanderada de la Contrarreforma. Tengo la convicción de que en otros tiempos, quien batallaba contra un pensamiento valioso y consistente, tomaba en serio y hasta admiraba al contrario. Esto ya no es así, por lo menos en este país. Sobre todo porque se carece de un pensamiento “valioso y consistente” contra el que esgrimir argumentos. Pero este tampoco es el punto. Ni mucho menos las posiciones actuales de Gazo hacia el socialismo o hacia el presidente. Voy a otra cosa.

Quiero decir que, un día, en una de esas clases, el padre Gazo comenzó a hablar de la masacre a los jesuitas, acontecida en la víspera, la noche del 16 de noviembre en la UCA, universidad católica de El Salvador. Habló del padre Ignacio Ellacuría, su amigo, su colega. Habló de la violencia, de la izquierda, de la derecha, de los militares. Sobre todo de la violencia de los militares. Se preguntaba Gazo cómo era posible que nadie, en la universidad católica de Caracas, hubiera alzado su voz por el asesinato de los jesuitas.

De algún modo, Gazo no instigó a hacer algo. Y lo hicimos. De un modo muy inocente, muy aséptico. Pero debo decir a nuestro favor que lo hicimos. No tomamos las armas, no salimos a tirar piedras. No, buscamos marcadores, cartulinas, e hicimos algunas caricaturas-afiches, estilo Zapata digamos, salvando las distancias. Pusimos los afiches en las paredes de la universidad, sobre todo por los lados del cafetín. Unas horas más tarde, la mayoría de nuestras pancartas yacían pisoteadas en el suelo, rayadas. Las pocas que quedaban en pie, también habían sido “intervenidas”. En letras puntillosas y deformes nos llamaban “ñangarosos”, nos mandaban para Cuba. Nada habíamos escrito en ellas que expresara alguna filiación con la izquierda. Nuestras consignas eran más bien un llamado a la no-violencia. Nunca entendí de dónde salió tanto odio, tanta saña. Hoy día, quizás siga sin entenderlo, aunque sospecho las razones que movieron a algunos a tratar de ese modo nuestro intento por hacer conocer nuestra voz. Las razones egoístas y confortables de quiénes duermen el sabroso sueño de su estulticia.

Esta mañana, yendo al trabajo, me detuve en un semáforo. Un grupo de estudiantes de una escuela cercana, se acercó a mi carro. Eran muchachos de bachillerato. Mostraban pancartas con frases varias, todas llamaban a la libertad de expresión. Uno de los muchachos se acercó a mi carro, y en el vidrio trasero a mano derecha, escribió con no sé que material blanco las siglas “RCTV”. Cuando iba de vuelta hacia la parte de adelante, noté que llevaba una flor en la mano. Me vino a la mente la imagen de los jóvenes que han estado protestando, aquellos que se han arrodillado y alzado las manos frente a los policías y sus bombas lacrimógenas, sus perdigones, su fuerza organizada y bestial. Me recordé entonces. Me recordé en 1989, me recordé dibujando afiches-pancartas, y seguí mi camino, con mi RCTV en el vidrio. Me habría gustado más que el muchacho escribiera “LIBERTAD”. Pero para él, en este momento RCTV es sinónimo de libertad. Antes ellos (y por ellos), no puedo manifestar mi indignación, mi enojo ante lo que considero una confusión de objetos u objetivos. Quizás otro Fedosy hubiera bajado el vidrio, quizás otro Fedosy hubiera despotricado contra aquel grupito. Pero me recordé, claramente me recordé en 1989, primero emocionado, luego triste, ofendido, siempre inocente ante mi pequeñísimo ejercicio de libertad de expresión.

Nunca he tirado piedras. Mis piedras son mentales. Estos muchachos quizás tampoco lleguen a ser tira piedras profesionales. ¿Deben serlo? No creo. Ellos son valientes sin armas, valientes hasta donde pueden, valientes hasta donde deben. Porque su obligación, vamos a estar claros, no es convertirse en revolcuionarios o héroes libertarios. No, su obligación es ser jóvenes, y estudiar, y prepararse para ser adultos decentes.

Pienso que nuestros muchachos nacieron y crecieron en una sociedad violenta, dividida, saturada de odios y de voceros gubernamentales que gritan sus furias en público y muestran sus tanquetas, y quizás por esto, por ser testigos tempranos de la violencia, comprendan que no es con piedras y tanquetas que se resuelven los problemas. También puede que sepan que la pasividad tampoco sirve de nada.

Estos jóvenes luchan por un canal que quizás pasaban por alto, un canal que nunca veían. Es paradójico, nunca conocieron los buenos tiempos de RCTV, pero igual lo defienden. En el fondo, luchan por otra cosa. En el fondo, luchan contra el miedo. Quieren creer que pueden vivir en un país sin miedo. En un país donde se puede decir bien. En un país donde “cuatro catiritos” son tan venezolanos como cuatro negritos. Eso hay que respetarlo, y no dar un manotazo y decir que todo es obra de la conspiración. Yo me pregunto: ¿y cuando no quede ni un solo espacio donde expresar una idea, y la gente igual salga a la calle, seguirán diciendo que todo es culpa de los conspiradores mediáticos? Los muy mentecatos no terminan de entender que la libertad está en la cabeza, y que cada ser humano, nace con ese chip ya instalado.

¿Será que al final, cuando ya no les quede otro recurso, nos van a hacer una lobotomía? En eso andan, pero aunque la medicina diga lo contrario, las neuronas se regeneran, y el cerebro, como la libertad, es un producto natural renovable, una concesión que se renueva solita.