
Como la mayoría de los niños, Terencio tenía un amigo imaginario. Kolcha era su nombre. Según Terencio era un muchacho flaco, alto, que tocaba muy bien la gaita escocesa. Contaba Terencio con seis años cuando nombró por primera vez a Kolcha. Sus padres, como todos los padres, se preocuparon. Se decían que su hijo tenía algún problema. Quizás ellos no le estaban prestando la debida atención, quizás algo pasaba en el colegio. Quizás se sentía solo. Decidieron invertir más tiempo en el niño y hasta se pusieron a trabajar en la producción de un hermanito, que nació transcurrido el lapso indicado para los embarazos en los seres humanos. La llegada del hermanito fue, claro está, un gran error. Terencio mostró los consabidos celos del primerizo hacia el recién nacido y se enfrascó más en su amistad con el flaco Kolcha. Cuando el hermanito (que se llamaba Rigoberto), creció, Terencio lo ignoró, a pesar de que ya podían entenderse y jugar como iguales. Terencio sacaba a relucir las razones de Kolcha. El flaco decía que Rigoberto era un mojigato, que le aburría.
No hubo manera. Terencio, con doce años, aún andaba con Kolcha. A parte de esto, todo parecía estar bien con el muchacho. Era excelente alumno, tenía un humor mordaz, practicaba kárate, hacía deportes y hasta tenía un grupito de amigos. Pero el amigo-amigo de Terencio, era Kolcha. Su experiencias más profundas y formadoras, los lances más atrevidos, las aventuras más peligrosas, y sus primeras incursiones al universo del sexo opuesto, fueron junto a Kolcha. No era raro escucharlo decir algo así como “estaba hablando con Kolcha, cuando se acercó María Eugenia a pedirme un beso”. Sus amigos, de tanto oír de sus aventuras junto a Kolcha, ya no se asombraban, ni lo ponían en duda… ni siquiera bromeaban. Cabe destacar que Terencio era hábil en las artes marciales, y pegaba duro y hacía comer tierra hasta el más pintado.
A los dieciséis, Terencio y Kolcha eran uña y curruña. Las cervezas, el monte, las rondas nocturnas en el carro de papá, en todo estaba Kolcha. Que si anoche nos echamos una buena pea, que si estuvimos jodiendo hasta las tres de la mañana, que la carajita que nos tiramos, que el pana bebe demasiado, que va a parar en alcohólico. Kolcha, Kolcha y más Kolcha.
A las veintisiete, Terencio se casó, y ahí fue cuando las cosas se pusieron feas. Porque Kolcha dejó de ser un amigo imaginario, para convertirse en un amigote imaginario. Su mujer, Clarisa, empezó a molestarse con tanto Kolcha para acá y Kolcha para allá. Terencio llegaba ebrio a las tres de la madrugada, y decía “pero mi amor, andaba con Kolcha”. Como si Kolcha pudiera ser garantía del algo. Su mujer exigió hablar con el amigote. Terencio, viéndola como quien mira a un loco, le respondió:
-Pero mi amor, tú sabes que Kolcha es mi amigo imaginario.
Fue el colmo. Clarisa hizo las maletas y se fue de la casa. Antes de partir, antes de dar el portazo, dijo lo que ya suponemos que debía decir:
-O es el tal Kolcha o soy yo. Tú decides.
Semanas después, Terencio llamó a Clarisa.
-Mi amor –dijo-. Quiero que volvamos.
-¿Y Kolcha? –preguntó ella con voz de escéptica.
-Lo subasté en Internet. Lo compró un esquimal solitario.
-¿Y el Kolcha se dejó vender así como así?
-Bueno, sí… Siempre ha querido conocer el Polo Norte, y no se lo pensó dos veces.
Hubo un largo silencio. Terencio entonces se dispuso a lanzar el golpe final:
-Y lo mejor de todo es que con el dinero de la venta de Kolcha, nos vamos a ir de viaje para París tres semanas.
Su mujer empezó a dar saltos de alegría. “Te amo, Terencio, te amo”, gritaba emocionada. Terencio hizo una gran sonrisa de satisfacción. Kolcha, en el clóset, abrió una lata de cerveza, y acarició el fajo de dólares que había obtenido gracias a sus conciertos con la gaita escocesa. Los amigos son los amigos, y uno siempre debe ayudarlos, pensó. Además, le parecía fenomenal la idea de quedarse un tiempo solo en la casa. A veces, los amigos necesitaban separarse un tiempo, para luego seguir con la fiesta, las fuerzas renovadas, y con más ganas de llevarse el mundo por delante.


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