A los caballeros de Australia
Si algún día vuelvo a nacer, yo sé quien seré. Nada más y nada menos que un lord inglés, un sir elegante, un gentleman alto, pálido y de bigotes, con una herencia más o menos decente que me aleje del trabajo toda la vida. Pasaré los días en un club de caballeros, sentado en un sillón, fumando pipa y tomando brandy (eso sí, siempre sobrio, siempre comedido). Seré masón. Del círculo interno. Sabré esgrima, jugaré pool, y no me gustarán los carros (eso quiero que perdure de esta vida que ahora transito). Destacaré en ajedrez y escribiré relatos detectivescos.
Tendré amigos igual de ingleses, igual de lores, igual de masones, con los cuales cultivaré una amistad sin grandes dramatismos. Una amistad a la medida, una amistad inteligente. Soltero, eso sí, hasta el fin de mis días. Amigo y amante de suaves mujeres blancas, de senos generosos, de labios carnosos y largos cabellos negros. Modelos serán, o curadoras de arte.
Tendré amigos igual de ingleses, igual de lores, igual de masones, con los cuales cultivaré una amistad sin grandes dramatismos. Una amistad a la medida, una amistad inteligente. Soltero, eso sí, hasta el fin de mis días. Amigo y amante de suaves mujeres blancas, de senos generosos, de labios carnosos y largos cabellos negros. Modelos serán, o curadoras de arte.
Por lo menos una vez al año, viajaré. Conoceré cientos de países, tierras lejanas, templos perdidos, para luego volver a refugiarme en las confortables sombras de mi club. No me gustará la playa, pero sí viajar en barco. Tendré un velero. Jamás una avioneta.
Una tarde, conoceré a un mafioso de nombre Tony. Jugaremos póker, y conversaremos sobre películas de vampiros. Después cenaremos pasta en compañía de dos negras hermosas en alguna parte del Soho.
Y cuando me hablen de Venezuela, pensaré que queda en África, y lejanamente recordaré un nombre: Vito Modesto Franklin.
Una tarde, conoceré a un mafioso de nombre Tony. Jugaremos póker, y conversaremos sobre películas de vampiros. Después cenaremos pasta en compañía de dos negras hermosas en alguna parte del Soho.
Y cuando me hablen de Venezuela, pensaré que queda en África, y lejanamente recordaré un nombre: Vito Modesto Franklin.



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