
A ver, Telésforo tenía un micrófono, y se lo quitaron. Dijeron que gritar como gritaba por el micrófono le hacía daño a su delicada salud mental. Telésforo tenía un cuaderno y un lápiz, y se lo quitaron. Dijeron que con las hojas podía cortarse las venas, que con el lápiz podía atravesarse el corazón. Telésforo también tenía un muñeco, y también se lo quitaron. Dijeron que eso de hablar con un muñeco era cosa de locos, y lo que ellos precisamente querían era sacar de su alienación al paciente.
Telésforo se quedó sin nada. Se pasaba el día sentado en una silla, encerrado en un cuarto. Por la ventana, veía pasar sombras. Se le antojaban monstruos de la realidad. Pero nada podía hacer. No tenía micrófono, no tenía papel y lápiz, no tenía muñeco.
Un día, Telésforo despertó, y salió a la calle, al mismo tiempo que lo hacían todos los telésforos de aquel país. Salieron de las planicies, salieron de las lomas, de los cerros, de las montañas, de las colinas, del desierto, de la playa, del centro, del este, de sur, del norte, y devastaron las ciudades, a la búsqueda de los micrófonos, del papel, del lápiz y del muñeco que les habían quitado.
Telésforo se quedó sin nada. Se pasaba el día sentado en una silla, encerrado en un cuarto. Por la ventana, veía pasar sombras. Se le antojaban monstruos de la realidad. Pero nada podía hacer. No tenía micrófono, no tenía papel y lápiz, no tenía muñeco.
Un día, Telésforo despertó, y salió a la calle, al mismo tiempo que lo hacían todos los telésforos de aquel país. Salieron de las planicies, salieron de las lomas, de los cerros, de las montañas, de las colinas, del desierto, de la playa, del centro, del este, de sur, del norte, y devastaron las ciudades, a la búsqueda de los micrófonos, del papel, del lápiz y del muñeco que les habían quitado.


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