viernes, enero 05, 2007

INCOMUNICADO





Alberto es mi hermano del alma, y lo conozco desde antes del celular. Tengo memoria clara de esto, porque en otra época se podía hablar con él cara a cara.

Me explico. Un día cualquiera, quedo en verme con él en un restaurante. Un almuerzo, conversar un poco, ponernos al día con nuestras vidas.

Llego al sitio, me siento, y un par de minutos después aparece Alberto hablando por el celular. Me saluda con una palmadita en el hombro, se sienta y sigue hablando por el móvil.

Un mesonero bajito y ojón se acerca y pregunta qué van a beber los señores. Mi amigo no lo escucha, sigue pegado al auricular portátil. Pido una cerveza para él y un jugo de durazno para mí.

Pasan unos diez minutos, y aún Alberto está hablando. Menos mal que decidí dejar de tomar licor, si no, ya llevara por lo menos cuatro cervezas solitarias.

Por fin, Alberto cuelga. Me pide disculpas, se toma un trago de cerveza y se queja:

-Coño, está vaina es una sopa.

Llama al mesonero bajito y ojón, y de mala gana le ordena que le traiga otra cerveza.

-Pero esta vez bien fría, hermano, que la anterior me la trajo al natural.

Yo pido otro jugo de durazno. El mesonero se aleja con la cerveza que alguna vez estuvo fría sobre nuestra mesa.

Alberto me pregunta qué es de mi vida, cómo va el trabajo, la mujer, los gatos, el perro. Yo le empiezo a contar. Voy apenas por el tercer verbo cuando suena su celular. Él responde prontamente.

Transcurren otros diez minutos, y Alberto continúa con sus asuntos al teléfono. Habla de negociaciones, discute, manda para el carajo a no sé quien.

El capitán de mesoneros se acerca y nos pregunta qué vamos a comer. Yo tengo hambre y el tiempo contado para comer y regresar a la oficina. Leo la carta, me decido por una milanesa, pero no ordeno porque Alberto no ha decidido y no quisiera molestarlo mientras pergeña sus negocios.

Le digo al capitán que vuelva en unos instantes. El capitán se aleja y Alberto cuelga, toma de la nueva cerveza que hace rato le trajeron y dice:

-Coño, esta vaina está igual de ensopada que la anterior.

Llama al mesonero bajito y ojón. Lo insulta. El mesonero se pone rojo y más ojón. Casi puedo adivinar lo que está pensando, casi puedo verlo escupiendo u orinando el próximo trago de mi amigo. El mesonero se marcha.

Alberto abre la carta. Apenas le dedica una mirada y vuelve a sonar el celular. Deja el menú sobre la mesa y contesta. Esta vez parece ser algún amigo de él que yo no conozco. Empiezan a cuadrar una salida para la noche; Alberto hace comentarios graciosos, se ríe a mandíbula batiente, está feliz de la vida. Yo siento envidia del que está al otro lado de la línea, compartiendo su tiempo con mi amigo del alma.

Luego de unos cinco minutos Alberto cuelga. Me pregunta en qué estábamos y yo le vuelvo a decir que decida su almuerzo, que tengo hambre y poco tiempo. Alberto dice:

-Sí, coño, sí, yo también.

Le da un vistazo a la carta, dice “ñoquis cuatro quesos”, y, terminando de decirlo, suena el celular. Alberto suelta un “aló”, escucha, y luego dice fríamente:

-Epa, ¿qué tal?

Lo veo hacerme un gesto de excusa, se pone de pie y sale del restaurante. Yo, que me muero del hambre y ya sé que va a comer el hombre-misterio, llamo al capitán de mesoneros y hago el pedido.

El mesonero bajito y ojón trae la cerveza. Me mira furibundo, proyecta el odio hacia el otro en mí. Yo le devuelvo una mira de perro triste, compasiva y temerosa.

Al cuarto de hora regresa Alberto.

-Coño, pana, disculpa, es que tengo un peo ahí.
-Tranquilo, viejo -digo yo.

Alberto prueba la cerveza. Hace un gesto cercano a la nausea. Va a decir algo, se va a quejar, pero el mesonero bajito y ojón se aproxima con los platos. Alberto, entrecejo, observa lo que le colocan en la mesa y dice:

-¿Qué vaina es esta?
-Ñoquis cuatro queso -responde el mesonero.
-Pero yo no pedí esta vaina, yo quería vermicellis mediterráneos.
-Eso fue lo que pidió el señor -me señala el mesonero, sacudiéndose el reclamo del otro.

Alberto me mira y yo respondo que eso fue lo que le escuché decir antes de irse a hablar afuera. Alberto dice:

-¡Coño, no, esto no era lo que yo quería! ¡Y además, la cerveza está otra vez caliente!

Entonces vuelve a sonar el celular.

Alberto responde de mala gana:

-¿Quién es?

Al otro lado le contestan, y lo veo cambiar de cara y de humor:

-Hola, belleza, ¿cómo has estado?

El mesonero bajito y ojón me pregunta si desea que le cambie el plato a mi amigo, yo le digo que traiga lo que él dijo que quería. El mesonero se lleva el plato. Ahora lo imagino mezclando trozos de papel higiénico -ya usados con profusión- en la salsa de los vermicellis mediterráneos.

Alberto, que cuchichea melindres viendo para otro lado, no se da cuenta que se han llevado los ñoquis. Cuando cuelga, pregunta por ellos. Yo le digo que se los llevaron. Alberto hace un gesto de enojo y dice que le hubieran dejado los ñoquis, que está apresurado, que lo llamaron para una reunión de negocios. Niega con la cabeza azorado, empieza a ponerse de pie, y me dice que no se puede quedar más tiempo. Saca la cartera, deja un par de billetes grandes, me da una palmada en la espalda y se excusa:

-Hermano, estoy apurado, tú sabes como es todo.

Yo digo “tranquilo, viejo”, y veo a Alberto caminar hacia la salida. Antes de salir, suena el celular; él lo contesta.

12 comentarios:

Mil Orillas dijo...

Está tan bien escrito, que más que leerlo, lo he vivido y me he reído muchisisimo...!
lo del papel higienico es demasiado! jaja!

abrazos!

Fedosy dijo...

Gracias mil, está en fase de revisión de todos modos, tiene muchos detalles.

Saludos

la maga dijo...

muy bueno

Oswaldo Aiffil dijo...

Buenazo este cuento. Pensar que en mi medio de trabajo esto ocurre tantas veces. Hay tantos Albertos que la conversación entre dos se hace imposible. A veces me pregunto si alguien será tan importante como para tener dos celulares al cinto, sonando intermitentemente y haciendo tantos negocios por hora como para dejar pálido a Bill Gates. ¡Excelente relato! ¡Saludos!

Diego Rojas Ajmad dijo...

Fedosy, ese texto está... ya va, un momento que a mí me está sonando el celular... Ahorita te digo...

Anónimo dijo...

Le sobran algunas narraciones literarias, y ese es un cortometraje. Estupendo.

Javier Miranda-Luque dijo...

A tu personaje "Alberto" le vendría bien una sobredosis de slow life.

Abrazo sereno, JML.

arcana dijo...

Los Reyes han dejado en mi blog un presente para ti.!
Feliz Año 2007
Besos
Namasté

unocontodo dijo...

Me reí mucho.... y lo mejor fue tu paciencia, dicen que es una virtud.
Saludos.

Maria. D dijo...

Si hubiera sido mi amigo, yo misma le hubiera pedido al mesonero que se sacara el sucio de entre los dedos de los pies (en mi familia se le llamaba pecueca) lo mezclara con un garagajo verde de la cajera con gripe y un escupitajo del que saca la basura del restaurante que parece que tiene tuberculosis.
Hay tanta gente como Alberto! Quién sabe lo que comerán en la calle con los amigos.
Buenísimo. En verdad provoca hacer un corto con las imágenes. Podría ser una propaganda para una marca de celulares.

Pellejo dijo...

Buenisimo..!!!

Fedosy dijo...

epa, pelli, qué sorpresa, bro