
En una pared cerca de la casa presidencial leyó la frase:
"Hogar es al que siempre puedes volver, pase lo que pase".
Siguió caminando, y unos minutos más tarde, se detuvo sin saber por qué. Su mano se alzó frente a ella, con la palma abierta, y, en un abrir y cerrar de ojos, se propinó una cachetada. Luego, la otra mano hizo lo mismo, y así, empezó a hacerse daño ella misma, golpeándose por todas partes y lanzándose contra las paredes. La gente la veía y decía: "otra drogadicta más". Pero ella no era ninguna drogadicta, ella no sabía lo que le pasaba. Entonces encontró una botella. El horror asaltó su mente. Sollozaba, le imploraba a su mano mientras los dedos descendían hasta el piso y sujetaban la botella. Llena de espanto vio cómo partía la botella, buscaba un trozo filoso y lo pasaba por una de sus muñecas. La gente la veía y decía: "Otra que se volvió loca por tanta droga". Y ella, desesperada, de rodillas, gritaba que no, que no era drogadicta, que la ayudaran a controlarse, que la ayudaran, que la ayudaran. Nadie se le acercó. Nadie le creía. Y allí, desangrándose, el mundo se le volvió un cortina sucia que se le vino encima.
Despertó y lo primero que vio fue una bota. Luego, la bota fue germinando, y terminó convertida en un soldado con fusil al hombro. El soldado la veía desde la sombra del casco, ahíto, cansado de rutinas.
Miró a su alrededor. Se percató de que había otras mujeres en el suelo, sobre mantas, convalencientes. Estaban golpeadas y con vendas en las muñecas y en las palmas de las manos. Les había pasado lo mismo. Sí, tenía que admitirlo. La gente en la calle tenía razón. Todos estos años, ella y las otras mujeres que se hallaban en el piso, habían consumido la misma droga lisérgica que les había hablado y hablado desde mil rincones, desde el televisor, desde la radio, desde las grandes avenidas, acerca de la tierra prometida, de las paredes y del techo.
No obstante, la sobredosis del fármaco ilusorio las lanzó a la locura, a la histeria y la autoflagelación. Y ahí estaban, golpeadas, heridas y vigiladas por fusiles. Como si fueran unas delincuentes, como si tuvieran la culpa.
Pero el verdadero culpable seguía allá adentro, al otro lado de los altos muros. O quizás no. Quizás estaba de viaje, como ya era usual. Quizás ni se enteraba, o la noticia apenas le llegaba como el susurro de una brisa furtiva, como un recuerdo incómodo que se espanta como una mosca, como si ella y las mujeres como ella fuesen un mal sueño después del vinito y del cuerpo de turno, una indigestión después de una gran comilona. Sólo eso.


2 comentarios:
La auto flagelación de aquellas conciudadanas que vimos lamentablemente sangrando, nos causaron un gran dolor emocional; hoy cuando puedo constatar que su sacrificio es tema para que un escritor jóven, talentoso y preocupado,logré artícular tan extraordinaria reflexión,comprendo que hay flagelaciones que no se realizan en vano, ni por casualidad; que tal vez sirvan para causarnos dolr emocional, pero igualmente para despertarnos, y hacernos reaccionar. Gran saludo.
Coño, fedosy, aquí si tenías agarrao el toro por sus cuernos, esto si es lo que se le llama escribir ...
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