miércoles, noviembre 01, 2006

La oquedad del maestro


Dicen que se fue a Jamaica a aprender inglés y huyendo del castigo del imperio. En realidad se fue buscando la isla, buscando escuchar las voces atrapadas en su pecho, apagadas entonces por el fragor de la ciudad.

Ya que él ni sus hijos podían convertirse en Emilio, por lo menos él sería Robinson. Allí jugó a serlo por un tiempo. Se internó en la selva y salió a una playa vacía. Se dejó crecer la barba, construyó una covacha de palmas. Anduvo descalzo, cazó, pescó, fabricó instrumentos rústicos.

Todos los días, a lo lejos, veía una columna de humo al otro lado de la montaña, era la lejana presencia de la civilización. Él procuraba no concentrarse en aquella imagen. Evitaba invocarla. No quería un Viernes a su lado. En eso sí se diferenciaba del libro de Defoe. Su anhelo era el solitario aprendizaje de la naturaleza. “¿De qué huyes?”, se preguntó una vez, metido en el mar. “¿Huyes de algo, niño expósito?”.

Las respuestas se le vinieron encima como un maremoto. Sí, claro que huía. Huía del vacío que era su pasado, huía de su propia oquedad. Sintió que se ahogaba, se hundió en el mar, buscó una cuerda salvadora. Pero de primer momento nada encontró. Nada lo ataba a las personas, a los nombres, a las individualidades. Siguió buscando un asidero en medio de aquel remolino de agua que lo mantenía sumergido. Batió las manos dentro de su alma. En la oscuridad asió algo. Era su comunión con la miseria humana. Eso sí lo aferraba a los hombres. Eso sí lo hacía humano. Nada tenía de extraña su identificación con los parias del orbe. Aquel que había nacido sin raíces, sin pasado, anhelaba construir un mundo nuevo para empezar a contar su propia historia. Quería inventarse, quería encontrarse, quería equivocarse. De errores también está hecha la historia de los hombres. Abrió los ojos, salió a la superficie, nado hasta la orilla. Agotado, vomitando mar por la boca, se tumbó en la orilla.

“¿Odias al mundo? ¿Odias al mundo?”, le preguntaba una voz.

Él no tenía respuesta.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

...y luego la historia volvió a dejarlo sin raíces, sin asidero. Sólo una ahuecada figura de bronce sobre la cual descansan las palomas y elogios de funcionarios, confundiéndose cada aniversario de su nacimiento y muerte. Gracias Fedosy por devolverle carne y sangre a nuestro singular personaje.

Fedosy dijo...

De eso se trata, anoymous.

Salud

Lemur dijo...
El autor ha eliminado esta entrada.
Lemur dijo...

Bróder:

Puedes hacer algo por José Antonio Páez, otrora General en Jefe y héroe de a caballo y lanza, ahora convertido en "agente del imperio"?

Saludos y que lleguen más premios

Anónimo dijo...

¡Fabuloso!

nano dijo...

Es Samuel Robinson? Simon Rodriguez? ...

Me leí un libro de Uslar Pietri sobre él, y no me gustó ... ni el libro, ni el personaje ... creo que S.Rodriguez tenía tremendo complejo encima ... Es más, cuando se encuentra con Andrés Bello, ¡Santo Cielos!!!! que diferencia!!!! Ese si fué un grande!!!! ...

Pero me gusto mucho la manera de relatar lo que relataste, de verdad que si ... buen ritmo, excelente respiración, un poco rebuscado el vocabulario, pero bastante compactito el escrito ...

Salud, hermano, me gusta leerle ...


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