viernes, septiembre 02, 2005

Russ Meyer, el genio de los excesos.



Tetas, tetas y más tetas, gigantescas, glotonas, de vértigo, de escalada de alpinista suicida, de ésas que se pusieron de moda en los años 50. Russ Meyer amaba las tetas, y a las mujeres sinuosas, carnosas, como para meterles un mordisco. Meyer tenía sus cultos fetichistas, y gracias a ello, es un director de culto. Ubicado en ese Olimpo estrambótico donde habitan Roger Corman, John Waters y el llamado director más mediocre de la historia, Ed Wood (lógicamente, los críticos que dicen esto no conocen algunos directores venezolanos), Russ Meyer causó pasiones en su tiempo, y aún hoy día, provoca ataques paroxísticos entre unos cuantos cinéfilos, sobre todo los que aman el cine erótico. Porque así es, mientras en 1968, Jane Fonda, vestida de galáctica Barbarella mostraba cándidamente sus curvas, las chicas portentosas de Meyer brincoteaban frente a sus cámaras desnuditas de pie a cabeza en el film Vixen. Para este momento, Meyer se encontraba en la cima de su carrera, y era el máximo director del "sexploitation", de los "nudie films".
Nacido el 21 de Marzo de 1922, el hijo de un policía y una enfermera, tendría desde aquella fecha natal, una parte de su futuro ya asignada: harto es sabido que aquellos uniformes tan serios siempre despiertan el morbo en cualquiera. Luego, a los catorce años, su madre le daría una cámara Single-8, otro elemento vital para amasar la conformación intelectual de Russell Albion Meyer. Durante la Segunda Guerra Mundial sería fotógrafo - lo que llaman de "guerra" -, experiencia que él asegura moldeó su personalidad. No es difícil imaginarlo en algún rincón de Francia, enterrado entre las sombras de un taberna de mala muerte, con una voluptuosa moza, soltando risotadas y fumando un gran tabaco entre una caterva de malas fama. Diría Joaquín Sabina: "Las malas compañías son las mejores".
De regreso a la tierra de Sam, Meyer seguiría trabajando de fotógrafo, pero esta vez, frente a su lente estarían las conejitas de Hugh Hefner. Dios los crea (o "cría") y ellos se juntan. Meyer se hará uno de los fotógrafos de Playboy más cotizados y famosos, y empezará también a trabajar ocasionalmente en producciones de Hollywood. De allí, a fabular sus propias historias, no faltaría mucho.
En 1959, tendrá listo The Inmoral Mr. Teas, film que cambió la industria del cine adulto, que para entonces no pasaba de realizar documentales de gente nudista. The Inmoral Mr. Teas, traía la innovación de la ficción, del humor muy al estilo de las historietas de Playboy, y estaba muy bien fotografiada. El film contaba las aventuras de un vendedor ambulante de productos farmacéuticos, que era recibido por unas amas de casa despampanantes, y a las cuales él, gracias a una poderosa droga experimental, lograba ver desnudas por encima de sus ropas. Mr. Teas se convirtió en un éxito y pasó a los grandes circuitos de cine. Fue un gran batacazo del cine independiente, gracias al cual nuestro Meyer pasó a ser un adalid importante, además de hacerse dueño y señor del subgénero del cine "nudie", que podría definirse sin mucha pretensión intelectual como una película con un montón de chicas desnudándose frente a un mirón lascivo. Los entendidos dicen que fue Meyer quien contribuyó a la caída del código Hays, una serie de reglas que dominaban la ética del cine, redactadas en los años treinta bajo la presión de una sociedad norteamericana en extremo pacata, donde claro está, se prohibía, entre otras tantas cosas, el sexo como tema de divertimiento.
Los beneficios de The Inmoral Mr. Teas le darían a Meyer el dinero suficiente para dedicarse a hacer los films que él quería hacer. Películas como Eve and the Handyman y Erotica, mostrarían la cara bizarra, violenta y provocadora de un Meyer trabajando a sus anchas, cada vez más confiado y fascinado por su trabajo. Luego, daría un gran paso: empezaría a trabajar en blanco y negro, realizando films que serán llamados del género "Rough" (áspero, sin pulir), donde contrapone historias dramáticas fuertes, con los desnudos de rigor, en escenarios naturales. Lorna (1964), Fanny Hill: Memoirs of a Woman of Pleasure (1964), Mudhoney (1965), son films representativos de este momento "gótico" de Meyer.
En 1965 y siguiendo con un blanco y negro ya no tan bucólico, Russ Meyer entrega lo que para algunos es su mejor película, la máxima obra de culto: Faster Pussycat! Kill! Kill! Mucha violencia, mucha velocidad, rock and roll, y, por supuesto, chicas duras con bustos generosos… porque las chicas son las protagonistas y también las malas malas de esta historia. ¡Así que cuidado con soltarles un "mamita rica"! Estas tres muchachonas (Tura Satana, Lori Willians y Haji) resultan ser unas patoteras en motos, vestidas de negro, que pueden pasarte por encima con su par de cauchos, caerte a patadas, apuñalarte mil veces y después escupirte en la cara. Todo un mal ejemplo para la juventud, como diría el mismo Meyer. No sin razón el film comenzaba con la frase: "¡Bienvenidos a la violencia!".
Pero los excesos no se acaban aquí (Meyer ha llegado a ser llamado "el genio del exceso"). El director empezaría a hacer films cada vez más alucinados, llenos sicodelia, irracionales muchas veces, con un poco menos de violencia, pero cada vez más sensuales, excitantes, exhuberantes, eróticos y llenos de descomunales senos. Con Vixen (1968), daría el paso definitivo de los "nudies" al "softcore". Enfrentaría incluso cargos por inmoralidad. Aparecería el director en todos los medios defendiendo su obra, hablando de sus propiedades artísticas. El resultado de tanta exposición a los medios: Vixen se convirtió en otro gran éxito de taquilla – el film costó 76,000 dólares y alcanzó los 6 millones, cifra excepcional para aquellos años y para un film independiente y controversial. Vixen cuenta la historia insinuante y calentorra de dos parejas apartadas del mundo en una cabaña de montaña. Algunos elementos racistas y políticos se agregaron a las discusiones de los personajes, el comunismo entre ellos. Claro está, todos estos aliños causaron fascinación y escándalo a la vez. El éxito comercial del film y el nombre que Meyer venía haciéndose, llamaron la atención de los estudios 20 Century Fox, con quienes firmó contrato. Beyond the Valley of the Dolls (1970), con guión del afamadísimo crítico Roger Ebert, es la historia de un banda musical de chicas, que se adentran en un mundo de decadencia, lesbianismo y locura que termina en un perverso asesinato. Todo un blockbuster de taquilla. Sin embargo, a esta altura de la cultura, el cine pornográfico empezaba a popularizarse; pronto la pornografía pasaría al video, estaría por todas partes, y cada vez, por supuesto, mostraría menos pudores. En un mundo así, Meyer no cabía. Sus films, que nunca llegaron a ser pornográficos por completo, ya no producían los mismos calorones en la entrepierna del público. Y Meyer, por su parte, no le encontraba emoción a la pornografía. Lo suyo era otra cosa, el sabor de lo prohibido, del tabú, del oscuro objeto de los deseos más abisales, de la violencia de la mujer salvaje, el destape de las hipocrecías de la sociedad. Meyer, más allá de sus famosas tetas, también buscaba contarnos sus tiempos, retratar a la gente, sus vicios, sus mentiras, sus falsas morales. Nada de esto cabe en el porno, a pesar de las amplias aberturas. Y Meyer ya no tenía mucho más que hacer. Inspirado en una novela de Irving Wallace, realizó The Seven Minutes (1971), un film "sexy" y de denuncia contra la estupidez de la censura, pero que nada tenía que ver con su cine.
Ahora, Russ Meyer se dedica a tener una vida de bon-vivant. No sé si en el cielo, que no ha de tener lo que a Meyer le gusta. Quizá se encuentre en el más sabroso infierno, entre chicas de grandes tetas, tomando viagra mefítica, mientras piensa en algún proyecto para venderle al señor de los abismos, que a lo mejor también siente nostalgia de esos tiempos donde se mostraba más de lo que se podía, y eso sí que tenía sabor de pecado occidental.

4 comentarios:

Bolboreta dijo...

Hola! De tetas en mi blog
Saludos

ROBERTO ECHETO dijo...

Maestro Fedosy, gracias por esta crónica sobre Russ Meyer. ¿Me creerías si te digo que sé quién es Meyer, pero que jamás he visto sus películas? Lo sé; es un bache en mi cultura general y en mi cultura erótica que debo llenar cuanto antes.

Esas películas en blanco y negro deben ser del carajo.

Mientras Russ Meyer hacía maravillas con las tetas de sus chicas, en Europa, Godard, Truffaut y Cia. andaban con esa paja intelectual de la Nouvelle Vague... Cosas (o tetas) veredes y veremos.

Saludos poderosos, Fedosy. Mucho fundamento.

Fedosy dijo...

Roberto, gracias por escribir.

Intentaremos fundamento, pero entre tantas tetas, uno como que se vuelve loco.

Saludos.

ROBERTO ECHETO dijo...

¡Oh Dios! ¡Gracias por las tetas!